Para nadie es un secreto que el
transporte público de República de Dominicana es un completo caos, o más
bien una vergüenza nacional. En él reina la imprudencia, vehículos en
alto deterioro físico, improperios por parte de sus conductores,
desorden y una total ausencia de comodidad, a pesar de que si no tienes
tus chelitos contados, rara vez te transportan.
Para poder llegar a tiempo a nuestro
destino, debemos salir como mínimo- una hora antes porque a esto se le
suma la obstrucción vehicular de la ciudad capital en algunas horas del
día. Pero lo que más me duele es que a pesar de saber que es un mal
servicio, debemos pagar por él, convirtiéndose en un dolor colectivo.
Sin lugar a dudas, este tipo de servicios es uno de los más traumáticos.
Es común escuchar a la población
mencionar a los dirigentes transportistas como “Los dueños del país”.
Ellos deciden cuándo suben el precio del pasaje. Soy una ciudadana que a
diario es víctima de los abusos que comenten algunos de estos
individuos, no solo por el precio del pasaje, sino por el maltrato que
la mayoría brinda y el malestar general que tienen en zozobra a los
ciudadanos.
Sé que son padres de familia, y me
consta, pero eso no justifica el problema. Lo más sarcástico de la
historia es que siempre hay razones para que eleven el precio del
pasaje; pero, al parecer, para la disminuirlo, nunca hay una razón
justificable.
Dentro del juego de razón que tienen
“Los dueños del país” y la Oficina Técnica Transporte Terrestre (OTTT),
los pasajeros somos la bola del billar. Somos quienes tenemos que
aguantar el abuso y el alto precio de los pasajes urbanos e
interurbanos, sin que las autoridades “competentes” logren resolver el
conflicto.
La ausencia de prudencia en las vías es
visible. Muchos de estos transportistas conducen de manera temeraria
poniendo en riesgo la vida de cientos de usuarios de este servicio. Sin
embargo, a pesar de que entendemos lo peligroso que resulta este tipo de
transporte, en uno u otro momento debemos utilizarlo.
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